El río Negro cruje bajo el peso de los cuerpos

flotantes. En el barranco de Tumaco, donde las

casas de barro ya no son techos sino tumbas, una

mujer con ojos de lodo y trenzas trenzadas con

hebras de palo borracho pone al niño sobre su

regazo. No tiene nombre. Solo un papel arrugado

con el apellido de un muerto, escrito en tinta

roja. La ley dice que ningún hijo de guerrillero

puede ser adoptado por quien no sea pariente.

Pero ella no escribe. Solo toma.

En la casa de la costa, los niños ya no juegan

al escondite. Juegan a no existir. El niño

aprende a callar antes de hablar, a respirar

entre latidos. Ella le da agua de hojas de

guayaba y le canta canciones sin melodía. Le

enseña a reconocer el olor del miedo: polvo

quemado, humo de yesca, sudor de hombre que

corre sin rumbo. La gente dice que la bruja sabe

quién va a morir. No es verdad. Sabe solo que

todos van a morir.

Cuando el ejército llega con la orden de

“limpiar” el sector, no pregunta por documentos.

Busca huellas. El niño llora porque ve a su

madre en una fotografía quemada en el fuego del

patio. La bruja no lo consuela. Lo mete dentro

de una jaula de pescadores, la cierra con una

cuerda de cáñamo y la hunde en el río. El agua

se traga el silencio.

Tres días después, el niño aparece en la orilla,

cubierto de algas y con el pecho marcado por

cicatrices de correa. No habla. Solo mira el mar

como si estuviera esperando un mensaje. La bruja

lo besa en la frente y lo lleva al cementerio de

San Juan. Allí entierra el papel del muerto. No

hay epitafio. Solo una piedra con un dibujo de

dos manos abrazadas.

Al amanecer, el ejército vuelve. No encuentran

al niño. Encuentran la tumba. La bruja está

sentada sobre ella, con una vasija de barro

lleno de cenizas. No grita. No reacciona cuando

le ponen el fusil en la cabeza. Solo susurra

algo que nadie entiende. Una canción de cuna.

La primera bomba explota en el mar. Luego otra.

Y otra. El río empieza a hervir. El niño, ahora

con los ojos más oscuros que el agua, camina

hacia el fondo del pantano. No mira atrás. No se

detiene. Algo en él ya no pertenece a la tierra.

La bruja no resiste. Su cuerpo queda tendido

sobre la tumba, convertida en montículo. El niño

no llora. No dice nada. Solo se sienta en el

borde del río, donde el agua se divide en dos.

Un lado florece. El otro se apaga.

Y entonces, por primera vez, el niño sonríe.

Como si hubiera entendido el pacto. Como si

supiera que el amor no sobrevive. Que solo queda

la memoria. Y esa, él la llevará.