El 1952, el último caballo de la hacienda San
Isidro muere en el corral tras dos días sin agua.
El viento arrastra ceniza de los campos quemados
por el Ejército Liberal. En el fondo del pozo se
hunde una bolsa de cuero con trescientos pesos y
un retrato descolorido de una niña con trenzas.
La tierra ya no responde al arado. Los
terratenientes han desaparecido o se han vuelto
siluetas en la niebla. Los campesinos, sin
patrones, sin cartillas, sin leyes, se
convierten en nómadas con fusiles. El poder ya
no está en las casas grandes: está en las manos
que disparan primero.
En Medellín, el capo Narciso Mendoza recibe un
paquete sellado con cera roja. Dentro, una carta
escrita en papel de encuadernación de libro
antiguo. No dice nada. Solo una huella de dedo
en la esquina, como si alguien hubiera tocado el
papel antes que él.
Por primera vez desde que mató al cura en el
pueblo de El Llano, el aire le pesa. No por el
humo de los bandidos que ahora llaman
"revolucionarios", sino porque el olor
a tierra
quemada ha regresado. Lo reconoce: era el mismo
que olía cuando el niño de siete años —su
hermano menor— se ahogó en el río durante el
saqueo del 48.
El sistema no lo dejó elegir. Los caudillos del
Frente Nacional prometieron paz, pero el pacto
no incluyó a los muertos. Ahora, los caminos
entre el campo y la ciudad están cubiertos de
cadáveres que nunca fueron enterrados.
Narciso entra en una casa abandonada en el
barrio Laureles. Las paredes rezuman sal. En el
suelo, una huella de zapato viejo coincide con
la de sus botas. En el rincón, una escoba de
paja con pelo de niño. No hay más que eso.
Al salir, el sol se rompe sobre el techo de zinc.
Un trueno lejano. No cae agua. Solo polvo.
Su mano tiembla al tocar el arma. No para
disparar. Para acariciar la empuñadura. Por
primera vez, no piensa en dinero, en poder, en
sangre. Piensa en una niña que nunca tuvo.
En la mañana siguiente, el cuerpo de un ex
combatiente aparece en el patio del Ayuntamiento.
A sus pies, una flor de jazmín. No había
jazmines en esa zona desde el 50.
Narciso no se presenta. No se defiende. Se
sienta en la banca del parque central y mira
hacia el cerro.
La ciudad sigue funcionando. El río no cambia.
Pero algo dentro de él ha sido reescrito.
El olor a tierra quemada ya no es un recuerdo.
Es una señal.


