El camino hacia El Cedral se deshace bajo el

peso de los años y las balas. Un hombre camina

con las manos atadas, el cuerpo marcado por

cicatrices que nadie le ha preguntado. No lleva

nombre, pero sí un número grabado en el cuello:

17. La selva del Chocó, antes refugio de

comunidades desplazadas, ahora sirve como

escenario de una subasta sin ley. Los pueblos

han sido vaciados; las casas, quemadas. Lo único

que permanece es el ritual: cada muerto debe ser

vendido.

La regla no está escrita, pero se cumple: nadie

puede entrar al lugar sin haber matado a alguien

antes. Y nadie puede salir si no se vende. El

sistema no nació en la guerra — nació cuando la

guerra dejó de tener sentido. Ahora, los cuerpos

no son enterrados. Son negociados.

El hombre llega con una lista en la cabeza: tres

nombres, todos de campesinos que no volvieron

del campo. Uno fue su hermano. Otro, su primera

víctima. El tercero, un niño que lo miró desde

una zanja y no gritó. Esa noche, el silencio fue

más fuerte que el disparo.

En el claro, bajo palmas que no dan fruto, hay

una mesa de madera negra. Encima, una foto. No

es de él. Es de la madre del niño. Ella lo

reconoce. Por primera vez en seis años, alguien

dice su nombre en voz alta. La multitud se

detiene. El silencio se rompe con el crujir de

ramas.

No hay puertas. Solo salidas. Y todas están

vigiladas.

El hombre no huye. Se acerca al tablón y clava

una tiza sobre su propia foto. No por sobrevivir.

Por recordar. Que alguien diga: Él también era

hijo.

La subasta termina. No por ganancia. Por memoria.

El sol sale entre los árboles. Nadie sabe

cuántos días pasaron. Pero el aire huele a

tierra mojada y a humo viejo.

Y en el río, flotan cuatro cartuchos vacíos.