La niebla se comió el camino entre San Juan de

Pasto y El Tambo antes del amanecer. En una

oficina de registro civil sin luz ni teléfono,

el funcionario revisa papeles con las manos

temblorosas. Su nombre está en el listado de

“activos” — pero no recuerda haber firmado.

El mundo cambió cuando los hacendados dejaron de

ser dueños y los jefes de partido tomaron sus

tierras. Ahora, los registros no son archivos:

son trampas. Cada firma que certifica un

nacimiento también anota un desaparecido. No hay

más papel; solo huellas en el polvo.

Él entra al archivo de muertos sin saber que ya

fue borrado de la lista. Un mes después,

encuentra un cadáver en el fondo de un pozo de

cemento: el rostro hinchado, la camisa con el

logo del municipio, el número de identidad igual

al suyo. Lo reconoce por el tatuaje del cuello —

un sol con rayos— el mismo que llevaba su

hermano.

Revisó el expediente. Estaba registrado como

“desaparecido por motivos políticos”, fecha:

1952. Pero su hermano murió en 1949. El informe

dice que fue “reintegrado” tras el Acuerdo de

Paz de 1953. Nadie lo enterró. Nadie lo reclamó.

En el pueblo, la ley era simple: si no tenías

memoria, no tenías derecho. Si tu nombre no

estaba en el libro, no existías. Y si te negabas

a firmar, aparecías en otro lugar.

Él se acercó al jefe de policía del distrito. No

dijo nada. Solo le mostró el documento. El

hombre lo miró, luego se levantó, abrió un cajón

y sacó una pistola. Apuntó al techo. Disparó.

Una bala pasó por encima de su cabeza. No hubo

palabras. Solo el eco.

Volvió al archivo. Borró cinco nombres. Uno era

el suyo. Otro, el del jefe. Luego prendió fuego

al edificio. Las llamas subieron hasta donde el

humo se confundía con la niebla.

Al día siguiente, nadie recordó haber visto al

funcionario. El archivo quedó en ceniza. Los

nuevos registros empezaron sin números. Sin

fechas. Sin nombres. Solo marcas hechas con

carbón en las paredes.

Y en un rincón, alguien escribió: “Aquí no hay

justicia. Solo memoria que no se borra.”