La tierra se rompe bajo el peso de los años. En

medio del pastizal quemado, el abuelo pone la

primera piqueta en el suelo donde nació, antes

de que el 48 le arrebatará todo. Ya no es dueño

de nada. Ni del nombre, ni del terreno, ni de

las huellas que dejaron sus hijos en el polvo.

La violencia no fue una guerra. Fue un

desplazamiento lento, un robo de identidad. Los

campesinos que vivían bajo el orden del

hacendado ahora corren entre montañas, con armas

en las manos y miedo en los ojos. El abuelo ve

cómo el mapa de su vida se desintegra: sus hijos

se van al norte, algunos vuelven muertos, otros

no regresan nunca.

El gobierno nuevo no llega. Solo el silencio. La

radio habla de paz, pero el aire huele a pólvora

y humo. Un joven pariente le trae una carta

firmada por un comandante: "¿Quién te protege si

ya no eres nadie?"

Él responde sin palabras. Pone el cuchillo sobre

la mesa, mira el reloj que no marca hora, y

camina hacia el campo donde nació. No hay más

dinero. No hay más hombres. Solo el pacto con el

olvido.

Al amanecer, prende fuego a la casa que nunca

fue suya. No para huir. Para que el humo sea

señal. Que nadie encuentre su cuerpo. Que no lo

reclamen como héroe ni como monstruo.

El sol sube. El humo se alza. Las cenizas caen

sobre el barro. Y el abuelo, sentado en el borde

del pozo donde antes tiraban cadáveres, deja de

respirar. No grita. No dice adiós. Solo cierra

los ojos.

En Bogotá, un niño de siete años recoge un

cartón con dibujos de tigres y pistolas. Lo

guarda debajo de la cama. No sabe quién era el

abuelo. Solo sabe que el fuego del campo ya no

se apaga.

La tierra sigue siendo la misma. Pero ya no hay

quien la reconozca.