El puente sobre el río Cauca se derrumba sin
aviso, cortando el paso entre las veredas de San
Jerónimo y el valle del Miedo. La tierra, antes
fértil bajo el control de los hacendados, ahora
se hunde en pozos negros donde el agua salta con
reflejos azules. No hay más dueños; solo
fantasmas que pisan el barro con botas de goma
usadas.
En el corral abandonado, un hombre con una
cicatriz en la mandíbula recoge un rifle de
cañón doblado. No lo carga. Lo deja sobre el
altar de piedra, junto a una foto de una mujer
con el rostro cubierto por un velo negro. El
aire huele a sándalo quemado y a orina de
caballo. Él es el último que sabe dónde están
enterrados los cuerpos de sus compañeros.
Las mujeres del pueblo ya no van al río a lavar
ropa. Van al cerro de las llamas, donde las
fogatas crecen sin viento y los cantos suben
desde el subsuelo. Las madres silencian a sus
hijos cuando pronuncian el nombre de uno de los
tres hermanos: el mayor, que murió en una
emboscada; el menor, que desertó; el tercero,
que nunca volvió a hablar después de que el
segundo lo golpeara con una pala de hierro.
La noche del solsticio, el hombre entra en la
cueva de la Virgen Negra. Allí, el niño que
siempre quiso ser sacerdote le entrega un libro
de cuentas con tinta roja. No hay fe. Solo
nombres. Y dos veces el mismo apellido: el de la
mujer con el velo.
A la mañana siguiente, el cuerpo del hijo menor
aparece colgado de un árbol de chirimoyo, con
las manos cruzadas como en oración. Su boca está
llena de polvo de yeso. En la tierra frente a él,
alguien ha dibujado un triángulo con sangre
fresca.
El exparamilitar camina hasta el pozo donde
enterró el arma. No la saca. Se arrodilla.
Empieza a cantar una canción que aprendió en el
campamento, pero con palabras diferentes. Las
voces del fondo responden.
Al anochecer, el fuego en el cerro crece sin
llama visible. No hay humo. Solo luz blanca que
sube entre las ramas. Nadie más va al río. Nadie
más dice el nombre de la mujer con el velo.
El último encendido del santuario termina cuando
el primer trueno cruza el cielo, y el suelo
empieza a temblar con el peso de los muertos que
nunca fueron enterrados.


