La tierra del corralón de San Andrés, antes

sembrada de caña y respeto a los viejos, ahora

arde en cenizas de promesas rotas. El año es

1950, y el mundo ya no tiene límites: los

caminos se rompen, las familias se dividen por

una sola palabra, y quien no lleva armas, paga

con sangre.

En el último rancho sin dueño, el curandero

urbano —un hombre que nunca tuvo nombre oficial,

solo el de quien “sabe lo que duele”— recibe a

un niño con los ojos hinchados y una bala

clavada en la espalda. No grita. Solo susurra:

“Me dijeron que si me veía, ya no era libre.”

El niño muere al amanecer. Pero antes, le

entrega un trozo de papel arrugado: un mapa de

tumbas falsas cerca del antiguo establo. No hay

firma. Solo un número escrito en lápiz: 13.

El curandero sabe que el número pertenece al

listado secreto de “protegidos” —una lista que

el gobierno regional dejó de publicar cuando

empezó el saqueo de las haciendas. Ahora,

cualquier persona con ese número es blanco. Y él,

por haber tocado el cuerpo, ya no puede ser

invisible.

Dos días después, el comisario llega con una

pistola y una cartera vacía. Dice que el niño

fue un agente del Partido Liberal. El curandero

no responde. Saca una hierba negra y la deja

sobre la mesa. El comisario la mira como si

fuera veneno. En ese instante, entiende que el

curandero no es un sanador. Es un testigo. Y los

testigos no viven más de tres noches.

Por primera vez en años, el curandero abre su

cuaderno de anotaciones. Escribe: “Nadie debe

saber que lo sabía. Que lo vi. Que lo toqué.”

Luego quema las páginas. Pero la llama no

consume todo. Una línea queda: “El 13 de abril,

todos los que duermen en el norte destruyen el

sur.”

Al tercer día, el curandero desaparece. Solo

queda su botiquín, abierto, con un cuchillo de

cocina y una raíz de palo de rosa envuelta en

tela de saco. La policía encuentra el cuaderno

quemado. El pueblo calla.

A las seis semanas, un grupo de mujeres del

caserío empieza a enterrar huellas de calcetines

bajo los árboles. No son zapatos. Son señales.

Cada uno con un número: 13.

Y en el barrio más pobre de Medellín, donde

nadie pregunta quién llegó ayer, un hombre nuevo

entra a una casa con una bolsa de hierbas. Le

dan un nombre: “Curandero.”

No dice nada. Solo mira hacia el este. Y allí,

donde el sol no alcanza, el dolor sigue vivo.