La noche del 14 de abril de 1950, las puertas

del tren número 732 de la línea AntioquiaCaribe

se cierran sin que nadie suba. Un grupo de

campesinos de Ciénaga, huyendo de una masacre

orquestada por facciones del Partido Liberal, se

detiene frente al andén vacío. El vapor ya no

sirve para nada: las vías están cubiertas de

caliche, el maquinista no responde al silbato.

En el vagón de cola, un niño de doce años cuenta

con los dedos cada muerto que ha visto en tres

días. Su padre, antes dueño de un terreno de

caña, ahora solo lleva una caja de cartón con

fotos enmohecidas. El dolor no es solo físico:

es la certeza de que ya no hay casa.

Al amanecer, el tren comienza a moverse solo. No

hay locomotora visible. Las ruedas crujen como

huesos viejos, y el aire huele a humedad y

pólvora. Los pasajeros entienden entonces que no

es un tren real: es un objeto vivo, alimentado

por el miedo colectivo. El mecanismo ha cambiado:

la tierra ya no es fiable, las líneas de

ferrocarril son mapas del alma dividida.

En el tercer día, uno de los hombres —el hermano

menor del niño— se asoma al techo y ve al hombre

que los traicionó. El capo narcotraficante,

vestido con un traje gris de lana fina, está

sentado en el andén de una estación que no

existe. Mira directamente al chico, sonríe, y

dice algo que no se oye. Pero el niño lo siente:

“Ya no tienes lugar”.

Esa noche, el tren entra en una zona donde el

suelo se mueve bajo los pies. Una mujer se

despierta gritando: había soñado con su marido,

muerto en el baño de un hostal en Medellín.

Ahora, cuando toca el piso, siente que él sigue

allí, en la tierra. El sistema ya no funciona:

el territorio responde a la memoria, no al mapa.

A las cinco de la mañana, el tren se detiene. No

hay estación. Solo un claro entre árboles, y un

hoyo lleno de botellas rotas. Los pasajeros

bajan. Algunos lloran. Otros no sienten nada. El

niño mira atrás: el tren ya no está.

Pero el capo aparece junto al hoyo. No camina.

Flota sobre la tierra como si estuviera

suspendido en el tiempo. Tiene un reloj de

bolsillo que marca la hora exacta del primer

fusilamiento del año.

Él no habla. Solo extiende la mano. En ella, un

billete de tren. No tiene destino. Solo dice:

“Ahora eres tú quien decide si el camino sigue”.

El niño lo toma. El billete se quema en sus

dedos. Cuando lo suelta, el humo forma una

silueta: la de su padre, parado en el andén.

El tren nunca llegó. Pero el viaje terminó.