La línea férrea que antes conectaba Antioquia
con el Caribe se rompe en 1951. El tren de San
Andrés deja de llegar. Las haciendas no son más
que ruinas rodeadas de palmeras silenciosas. Los
campesinos, sin tierras ni protección, empiezan
a morir de hambre o de bala.
El ejército nacional reemplaza al poder local:
cada pueblo tiene un jefe de barrio designado
por el gobierno, y los hombres armados van a
parar a las casas como si fueran dueños. La
regla escrita en los muros dice: "No hay
neutralidad".
En un rancho abandonado cerca de Santa Fe de
Antioquia, un hombre que once fue oficial de las
Fuerzas Armadas se refugia bajo un nombre falso.
No lleva uniforme, pero el rifle que carga pesa
más que sus recuerdos. Se llama Mateo, aunque
nadie lo llama así.
El contrato de matrimonio se firma en la oficina
del alcalde de Yarumal. Una chica de dieciséis
años, hija de un comerciante de cebollas que
perdió todos sus fondos en una especulación con
arroz. Ella nunca ha visto Bogotá. Él no sabe si
le importa.
El día del casamiento, el primer hijo nace
muerto. Algo dentro de ella se apaga. Pero el
segundo embarazo llega, y el niño sobrevive.
Cinco meses después, el ejército acusa a Mateo
de haber matado a tres civiles en un
enfrentamiento ficticio. No fue él. Pero el jefe
de barrio lo entrega como parte del acuerdo para
mantener el orden.
Huye. En el camino, encuentra una valija con
documentos que demuestran que el gobierno había
pagado a líderes campesinos para que desertaran
de las filas guerrilleras. Que todo el conflicto
fue orquestado. Que los muertos fueron usados
como moneda.
Regresa. Se presenta al jefe de barrio con el
archivo. Lo obliga a quemarlo frente a veinte
testigos. El fuego no se extingue. Empieza a
correr por el pueblo.
A la mañana siguiente, el alcalde desaparece. Un
mes después, la gente comienza a decir que el
jefe de barrio ya no aparece en los mercados.
Que alguien lo vio cruzando el río en una canoa
de lona.
Mateo y su esposa montan un pequeño negocio de
repuestos mecánicos en la entrada de Medellín.
No hablan mucho. Pero cuando ella pone el disco
de cumbia de los 70 en el radio, él se detiene.
Apenas mueve la cabeza.
Al año, nace otra niña. Tiene los ojos negros y
la boca pequeña. Nunca llora.
Los vecinos dicen que algo cambió en el aire
desde que el tren dejó de pasar. Que ahora, en
ciertas noches, se oyen pasos en el techo de las
casas vacías. Que no son fantasmas. Son pies que
saben caminar.
Y en el fondo del garaje, donde guardan las
herramientas, hay un mapa con tachones. No
muestra caminos. Muestra lugares donde hubo
personas.
La esperanza no es una promesa. Es un acto. Cada
vez que encienden el radio, cada vez que miran a
sus hijos, cada vez que se niegan a callar.
El mundo no volvió a ser como antes. Pero ya no
es el mismo.


